El otro lado

Carátula de la película de Disney: Coco

Inevitablemente en estos días, todxs conectamos de una manera u otra con dos espacios energéticos profundos:

– el espacio de la vida: el lado de aquí

– y espacio de la muerte: EL OTRO LADO.

Se abre una puerta entre mundos o planos de existencia, como ese puente de pétalos naranjas de la película de Disney “Coco” por donde transitan los vivos y los muertos en el celebrado Día de Muertos mejicano, donde es tradición familiar visitar y encontrarse en el cementerio para honrar a los que han pasado al otro lado.

En mi familia también está profundamente arraigada esa tradición de la visita a los que ya no están en el lado de aquí, yo no he sido siempre fiel a esa tradición, pero sí es cierto que por algún motivo, siento paz cuando entro a un cementerio, por lo menos, en el cementerio donde fueron enterrados mis abuelos. Es cierto que tengo mis propios rituales de honra y agradecimiento a los que han pasado al otro lado y entre ellos incluí ver cada 1 de noviembre,  la película de “Coco” desde que la vi por primera vez en el cine.

En aquel preciso momento yo estaba atravesando un duelo, el duelo de mi perro León. Ese ser peludo de orejas largas como buen cocker, de pelo rubio y vitalidad incansable. Pasó al otro lado tras un puente de diciembre. Días después con mi tristeza profunda fui al cine a ver la película. No pude dejar de llorar mi desasosiego y de ver reflejado a  León en la mascota de Miguel, el protagonista de Coco. No, no paré de llorar mis tristezas, salían a chorro, me vacié, pero salí del cine tan renovada y tan esperanzada, que sentí un agradecimiento por todo lo vivido en el lado de aquí con mi compañero peludo, difícil de expresar con palabras.

Los últimos días de León aquí fueron muy duros, perdió peso de golpe por un fallo renal y una medicación fuerte a la que su cuerpo no pudo hacer frente. Fue muy duro verle convertirse en un saquito de huesos, y muy duro mirarle a los ojos cada vez más apagados que gritaban con profundidad: Déjame descansar. Yo me resistía, pedí días en el trabajo para cuidarle, le alimentaba con jeringuilla, le administraba la medicación, le ponía al sol en el jardín tapado con una manta y en el salón cerca de la chimenea, no me despegaba de él empujando mi energía hacia:”¡se va a poner bien, se va a poner bien!” No podía levantarse y yo seguía resistiéndome a la idea de perderle, de que se fuera, hice todo lo posible por Re-tenerle en el lado de aquí, en el lado de la vida, cuando mirarle a los ojos me decía que él sólo estaba medio viviendo. Las lágrimas en los ojos del veterinario al hacerle la última ecografía me rompieron el alma, pero salí diciendo que no, que habría algo más que podríamos hacer. Esperé un poco más, mi apego era más fuerte, mi resistencia a la pérdida de su compañía podían más. Hasta que un par de días después me rendí, me rendí al ver la mirada de León sin brillo gritándome: Ayúdame a descansar.

Mi ex pareja y yo nos rendimos a la pérdida y decidimos ayudarlo a descansar. La despedida tuvo mucha, mucha, mucha dureza, pero también mucha belleza. Recuerdo que aquel día me senté en las escaleras del jardín, con León apoyado en mis piernas. Hacía un día de sol cálido y brillante de cielo azul, muy azul. Allí le hablé de corazón roto a corazón agotado, le hablé con el lenguaje del abrazo, mientras mis lágrimas rodaban por mis mejillas y mojaban sus pelos sedosos. Después, antes de ir al veterinario por última vez, llevamos a León al parque, nos sentamos en silencio en un banco frente al estanque que hacía reflejos de sombras anaranjadas del atardecer sobre las copas de los árboles, roto el reflejo por el paso de los patos que nadaban cerca de la orilla. Los tres miramos el horizonte, inmóviles, respirando sin hacer el mínimo ruido ante tanta quietud. Era raro, muy raro porque sentí mucha, mucha belleza, era como si en un lenguaje que no pudiera entender con la cabeza me dijera: ¡es perfecto, todo es perfecto, todo está bien! Lo sentía, aunque no entendía nada. Cuando se fue por completo la luz, envolvimos a León en su manta y lo llevamos al veterinario por última vez. Así, envuelto en su manta, para que no dejara de notar el calor. Estuvimos con él todo el tiempo, con un nudo en el estómago y en la garganta y el corazón tronando, rebotando por todo el cuerpo como si estuviera a punto de salirse del cuerpo. León cerró los ojos como sabiendo que su descanso estaba cerca. Le acaricié sus largas orejas sedosas, y mientras su corazón se iba silenciando dentro de mí afloraba una paz y una calma indefinible. Lloraba de tristeza profunda y a la vez mi corazón estaba en calma, era León quien me la daba como despedida, lo sentía como envuelta en esa calma.

Poquitos días después vi la película de Coco, y poquitos días más tarde, sentada en el sofá mientras desayunaba mi café y recordaba cómo compartía mis galletas con León, sentí como un calor sutil a mi alrededor, como si se parara el tiempo y una manta de amor me envolviera, pero no lo hacía sólo con mi cuerpo físico, era más profundo, mucho más. Era como un lenguaje del alma. NO tengo palabras para describir la certeza de la presencia amorosa de León desde EL OTRO LADO y el sentimiento de paz profunda de quedarme en esa envoltura para siempre, era como si conociera esa sensación, era familiar para mí. No sé cuánto tiempo pasó, sólo sé que en aquel preciso instante se me hizo tan presente ese puente de pétalos naranjas que une el espacio de aquí con el espacio de EL OTRO LADO, que ahora puedo entender a todos aquellos que hablan del ciclo: nacimiento- vida- muerte-renacimiento.

MI duelo tuvo su proceso, tuvo su tiempo, tuvo su espacio en que pude reconocer el revoltijo de mis energías: a veces energía de tristeza apagada y sin fuerza, otras  energía de enfado culpando a la fuerte medicación, otras de energía de melancolía y buenos recuerdos, otras energía de conflicto por si  quizás habría habido otra cura para León o  si hubiera podido hacer algo más, otras energía de vacío  sintiendo  su ausencia…todas esas energías habitando en mí, descolocadas, desbordadas, hasta que ellas fueron tomando su lugar y fueron armonizando hasta sentir la energía de liberación y plenitud que trae el soltar a un Ser querido desde el lado de aquí para poder vivir sin el apego, sin el peso de la carga, sabiendo que todo está en paz, que todo está en calma, que todo está donde tiene que estar, en el espacio que toca. Sabiendo que ese es un espacio entre espacios donde todo convive, aunque a veces, me parezca que todo está separado, que nada tiene sentido, porque en realidad nada muere, todo está vivo aunque no sea capaz de discernirlo.


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Publicado por chuslosada

terapeuta reiki, terapeuta psicocorporal sistema rio abierto

4 comentarios sobre “El otro lado

  1. Querida Chus, qué bonito cuentas ese terrible proceso de soltar, doloroso y necesario para seguir. ¡Un fuerte abrazo!

  2. Gracias,Mer! En el dolor también hay belleza aunque mientras se transita no lo parezca. Y sí, cuando nos enganchamos al dolor y no soltamos no podemos ver la calma y la plenitud que hay detrás. Todo requiere tiempo, y espacio para que las energías se coloquen en su lugar.
    Te achucho fuerte, Mer

  3. Un relato y vivencia con sentimientos profundos y con los corazones en la palma de la mano, tanto de los del otro lado como los de este. Un beso

  4. Muchas gracias por tu comentario. Sí, lo viví con esa profundidad. Dureza, belleza y amor de ambos lados. Un abrazo

Me encantará leerte en tus comentarios y abrir una charla amiga ;)

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