¿Cómo el Reiki llegó a mí?
Verás, desde que dejé mi anterior trabajo, uno de esos de muchos años donde una no se siente ni realizada, ni valorada, pero muy consciente de mi valía, de mi potencial dentro y no encontrando la manera de poder reflejarlo fuera… desde que dejé mi trabajo anterior, decía, nada más que hago hacer las cosas al revés, es decir, empezar la casa por el tejado, porque siento que algo mucho más grande que yo, lo sostiene. Y me he dado cuenta de que es la sensación más maravillosa del mundo. Sentirse sostenida… ¿Qué cosa, no?

Verás, desde que dejé mi anterior trabajo, uno de esos de muchos años donde una no se siente ni realizada, ni valorada, pero muy consciente de mi valía, de mi potencial dentro y no encontrando la manera de poder reflejarlo fuera… desde que dejé mi trabajo anterior, decía, nada más que hago hacer las cosas al revés, es decir, empezar la casa por el tejado, porque siento que algo mucho más grande que yo, lo sostiene. Y me he dado cuenta de que es la sensación más maravillosa del mundo. Sentirse sostenida… ¿Qué cosa, no?
Pues bien, para empezar hacer la casa por el tejado tuve que dejar de trabajar allí, tirarme, como se suele decir: a la piscina, donde todo lo que me rodeaba decía, en voz alta o baja, que tal como estaban las cosas eso de lanzarse así… igual no era lo más recomendables, pero… que allá yo con mis cosas. A si que… allá que fui con mi incertidumbre y mis ganas de encontrar mi potencial allí donde estuviera. Lo que sí empecé (años antes de dejar el trabajo) es un camino hacia ese lugar, solo que no me había dado cuenta de la relevancia que tendría pasados los años. No sabía hasta que punto, eso más grande que yo, dejaba migas de pan en el camino para que no me perdiera.
Una de esas migas de pan la encontré un día que fui a clases de yoga, una práctica muy saludable que en aquel entonces, me servía para mover mis músculos, estirar los tendones acortados de tanta silla y ordenador, soltar estrés y reconectar conmigo aunque sólo fuera por una hora. Pues allí, en aquella sala, un día inesperado, me apunté para participar en una sesión de cuencos tibetanos y reiki. Lo único que sabía de los cuencos tibetanos era que eran unos cuencos de metal, que se golpeaban con un palito y que producían una vibración chachi que te recolocaba alguna cosa, ni idea de cual, pero que recolocaba al fin y al cabo. Del Reiki no tenía ni la más mínima idea, pero como me apetecía que se me recolocara algo ese algo me pegó un empujoncito para acudir. Y allí me vi, tumbada en una esterilla, tapada con una manta con diez persona más y un mujer rodeada de cacharros de metal con un palito. Nos explicaron antes de empezar, que además del sonido de la vibración de los cuencos, otra chica pasaría de una en una colocando sus manos en diferentes puntos de nuestro cuerpo sin contacto físico. Nos invitaron a cerrar los ojos y disfrutar de la experiencia. Y… así lo hice.
Los cuencos empezaron a sonar y la vibración iba llegando a mí por oleadas en esta escala: agradables, no tan agradables, para nada agradables, (pero ¡dónde me metido!) según fuera un cuenco u otro. Yo recolocar, lo que se dice recolocar, no sentí que se me recolocara nada, más bien fue todo lo contrario, se me revolvieron todas las células de mi cuerpo, hasta que en un momento dado sentí un cosquilleo entrando por mi coronilla, como un chorrito de luz que llegaba por mis brazos, me recorría entera y salía por la punta de los pies, un calor amoroso que me envolvía el cuerpo, como si el corazón fuera un puente por donde se comunicaran todas mis células en una sensación de paz difícil de describir. Cuando acabó la sesión no tenía ninguna gana de levantarme, estaba tan agustito allí, ¡tan en paz! pero no allí en la sala (que también) sino dentro de mí. No sabía lo que había pasado pero lo cierto era, que al abrir los ojos, fui consciente de que algo se había recolocado. Como si un grupito de nubes esponjosas hubieran traspasado mis músculos, mi estado de ánimo, mis pensamientos… y se hubieran posado suave en algún lugar profundo de mi ser al que yo llamo casa. Se recolocó mi casa, me sentía sostenida por algo más grande que yo. Cuando no tuve más remedio que levantarme porque la sala se fue vaciando de gente, empecé a preguntar quién era la persona que me había hecho aquello. Me señalaron a un chica joven de pelo rubio, no recuerdo preguntarle el nombre, pero sí qué era aquello que había hecho, le pregunté en qué consistía, ella me explico que eso era Reiki, una canalización de la energía universal con la energía vital. Salí de allí sabiendo que a mi casa se le había volado el techo con aquella experiencia y que esas nubes esponjosas que se posaron en mi casa interior tenían que ver con eso llamado Energía universal. Salí un poco como flotando, como si yo fuera un poco más nube al salir de aquella sala, y no tanto bloque de hormigón como entré. Salí con una certeza enorme: algún día aprendería Reiki.
Meses después, una persona muy querida para mí, por mi cumpleaños, de tanto hablar de reiki y de lo que iba curioseando por internet, me hizo el mejor de los regalos posibles: Me regaló el Curso de Nivel 1 de Reiki, siendo ese puente hacia mi Maestro David Blázquez León. Han pasado más de cinco años desde aquella primera experiencia de Reiki en aquella sala y, cerca de cuatro desde que empecé a aprender Reiki de la mano de David. Hoy comparto con él, terapias voluntariado y mucho, mucho cariño.
En este momento de mi vida, agradezco aquella tarde en la sala de yoga, agradezco a los cuencos tibetanos y agradezco el regalo del Reiki. Ahora sé que esas miguitas de pan me llevan a compartir mi Maestría contigo, para acompañarte en tu camino hacia tu casa interior, con tejado o sin él. La energía de amor y luz que es el Reiki ya se encarga de sostenerte y de recolocar aquello que necesitas en tu camino de vida.
Gracias por dedicar parte de tu tiempo a conocer mi historia. Si te resuena como la vibración de los cuencos, yo te acompaño.
Te abrazo, te abrazo fuerte.
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