¡Juega, salta, muévete!

Lo que Luna me enseñó en un paseo de otoño.

¿A ti también te pasa que sales a dar un paseo para despejarte y vuelves a casa con la cabeza todavía más llena?

El otro día salí a pasear con Luna. Era una tarde de otoño y el parque estaba lleno de hojas caídas. Había castañas por el suelo y los árboles empezaban a cambiar de color.

Luna iba feliz, olisqueando cada rincón, parándose aquí y allá, descubriendo todo lo que encontraba a su paso. Yo, en cambio, tenía prisa. La llevaba casi a tirones porque se entretenía con cualquier cosa y yo quería terminar el paseo.

Tenía tantas cosas en la cabeza…

Pensaba en ideas para el taller de noviembre, en cómo transmitir lo que quiero compartir en los tres encuentros. En las publicaciones que tenía que preparar para llegar a las mujeres que me siguen. Tenía pendiente hablar con la chica de la sala, escribir a las mujeres del grupo, terminar el cartel de la publicidad…

También tenía que llamar a mi madre.

Y, entre unos pensamientos y otros, aparecía mi padre. Su recuerdo está en tantas partes, en tantos pequeños detalles de la vida cotidiana, que a veces se cuela sin avisar y me acompaña mientras sigo haciendo cosas.

Todo eso iba pasando por mi cabeza mientras caminaba deprisa, mirando el teléfono de vez en cuando y tirando de la correa para que Luna no se entretuviera tanto.

Hasta que la miré. No sé qué me llamó la atención, pero por fin la vi.

Llevaba una castaña en la boca y estaba jugando con ella, encantada. La soltaba, la volvía a coger, la mordisqueaba y parecía que no existía nada más en el mundo. Ni mis prisas, ni mis preocupaciones, ni todo lo que yo llevaba encima. Me miraba con la lengua fuera y con la castaña entre sus patas, esperando a que se la tirara para jugar.

Y allí estaba yo, sin estar realmente allí.

Me hizo gracia verla tan entretenida con su castaña. ¡Qué diferente era nuestro paseo! Ella estaba descubriendo el parque como si lo hiciera por primera vez y yo estaba recorriendo mentalmente mi lista de tareas pendientes.

Me quedé un momento mirándola y pensé que llevaba todo el día haciendo lo mismo: saltando de una cosa a otra, ocupándome de lo que tenía que hacer, intentando llegar a todo… sin encontrar apenas un momento para estar conmigo.

Y me pregunté: ¿Cuándo fue la última vez que hice algo sin pensar en lo siguiente? ¿Cuándo fue la última vez que me permití disfrutar de un rato sin sentir que tenía que aprovecharlo para otra cosa?

Quizá Luna, con su castaña, me estaba dando una pequeña lección aquella tarde.

A veces no necesito organizar mejor mi tiempo, ni añadir otra actividad a mi agenda. Necesito parar. Dejar el teléfono a un lado, respirar y estar donde estoy.

Necesito una pausa, un espacio para mí, conmigo.

Y allí, en medio del parque, me di cuenta de lo importantes que son esos pequeños espacios. De lo reparadores que pueden llegar a ser.

Porque Luna no me estaba pidiendo que terminara el paseo antes, ni que pensara en lo que tenía que hacer después. ¡Me estaba invitando a jugar!

Era como si me dijera: «¡Eh, que estoy aquí! ¡Que la vida está aquí! ¡Juega, salta, muévete!».

¡Juega, salta, muévete!

Y algo en mí hizo clic.

Como un resorte, mi cuerpo —ese contenedor en el que tantas cosas estaban sucediendo silenciosamente mientras mi cabeza iba de un lado a otro— empezó a responder.

Solté las prisas y me puse a jugar con ella. Corrí de aquí para allá, le tiré la castaña con la mano, después con el pie, salimos las dos detrás de ella, me puse a bailar a su alrededor, volvimos a empezar… Hasta que acabé tumbada en el césped, rodeada de hojas secas y recibiendo unos cuantos lametazos de Luna.

¡Qué manera de cambiar una tarde!

Volví a casa con una bolsa llena de castañas, algunas vainas y hojas secas que había ido recogiendo por el camino. Pero también volví con algo que no había salido a buscar: más energía, una sonrisa y el corazón contento.

Y me quedé pensando en lo que había ocurrido. Aparentemente todo seguía igual, pero en realidad todo había cambiado en mí.

No había necesitado una tarde entera, ni un viaje, ni que desaparecieran todas mis preocupaciones. Había necesitado parar, respirar y darme permiso para salir por un momento de ese hacer, hacer y hacer.

Permiso para jugar. Para moverme sin un objetivo. Para dejarme llevar por lo que estaba sucediendo. Para escuchar a mi cuerpo y disfrutar.

A veces pensamos que cuidarnos significa añadir algo más a nuestra lista de tareas. Pero ¿y si cuidarnos también fuera permitirnos hacer algo diferente?

¿Y si el juego, el baile y el movimiento fueran esas herramientas que necesitamos para salir del automático, despertar el cuerpo y recuperar la vitalidad?

Eso fue lo que me ocurrió el otro día con Luna. Jugar, correr, bailar y moverme hicieron que algo cambiara dentro de mí. Mi cuerpo despertó, mi cabeza dejó de dar vueltas a tantas cosas y, por un rato, simplemente disfruté.

¡Qué manera de cambiar mi tarde!

Y pensé que quizá eso era precisamente lo que quería compartir con otras mujeres: un espacio donde poder parar y, al mismo tiempo, ponerse en movimiento; donde la música, el juego, el baile y la expresión nos ayuden a despertar sensaciones, liberar tensiones, recuperar las ganas y descubrir otras maneras de estar con nosotras mismas.

Un espacio donde no tengamos que cumplir, conseguir ni demostrar nada. Donde podamos dejarnos llevar, experimentar y sorprendernos con lo que aparece cuando damos al cuerpo la oportunidad de expresarse.

Un espacio para sentir, explorar, descubrir y, por qué no, volver a jugar.

Parar no siempre significa quedarse quieta. A veces, parar es dejar de hacer lo de siempre para empezar a sentir, jugar y moverse de otra manera.


El otoño me dejó algunas pistas

El otro día volví a casa con una bolsa llena de pequeños tesoros del parque: hojas secas, castañas y algunas vainas que habían caído de los árboles. ¡Cuántas cosas podían contarme aquellos pequeños elementos del otoño!

Las hojas me hicieron pensar en todo aquello que necesitamos soltar y podemos dejar ir, en lo que quizá ya ha cumplido su ciclo y necesita dejar espacio a otras cosas.

Las vainas, que guardan y protegen las semillas, me llevaron a pensar en esas corazas que a veces construimos para protegernos y que, cuando encontramos nuestro centro y recuperamos nuestra fuerza, podemos empezar a abrir.

Y las semillas… ¡Qué bonitas me parecieron! Dentro guardan algo que todavía no ha brotado, algo que necesita tierra, cuidado y tiempo para crecer.

Me gustó pensar en nuestro cuerpo como ese primer contenedor donde están nuestras hojas, nuestras vainas, nuestras semillas… el lugar que nos acompaña, que guarda nuestras experiencias y que tantas veces dejamos en segundo plano mientras vivimos pendientes de todo lo demás.

Quizá por eso me apetecía tanto compartir esa experiencia con otras mujeres. Crear un espacio en el que podamos parar, sentir, jugar y movernos; un espacio para escucharnos y descubrir qué necesitamos soltar, qué necesitamos abrir, qué queremos cuidar y qué nos gustaría hacer crecer.

Y así, casi sin darme cuenta, aquel paseo con Luna empezó a tomar forma y se convirtió en una invitación que quería compartir, transformando todo esto en una experiencia de Movimiento Vital Expresivo.


Un espacio para mí

De esa experiencia y de esa intención nace el primero de los tres encuentros de Movimiento Vital Expresivo que he preparado para este otoño-invierno.

Un espacio para mí es una invitación a detenernos, habitar nuestro cuerpo y darnos permiso para sentir, explorar y jugar. Como me mostró Luna: ¡Juega, salta, muévete!

No hace falta saber bailar ni tener experiencia previa. No hay pasos que aprender ni una manera correcta de hacerlo. Solo la posibilidad de vivir la experiencia a nuestro ritmo, acompañadas por la música y por otras mujeres en un espacio de no juicio.

El otoño y sus elementos naturales nos acompañarán en este recorrido.

En diciembre continuaremos con Encontrar mi centro, y en enero con Nutrir la semilla. Tres encuentros que forman un camino: abrir un espacio propio, acercarnos a nuestro centro y descubrir qué queremos cuidar y hacer crecer en nosotras.

Porque, si no me doy un espacio para mí, ¿Cómo voy a encontrar mi centro? Y si no encuentro mi centro, ¿Cómo voy a saber qué necesito cuidar y nutrir?

Quizá todo empiece por algo tan sencillo como aquel paseo con Luna: parar, mirar, respirar y permitirnos jugar un poco más.

Si al leer estas líneas has sentido que también necesitas un espacio así, o si algo dentro de ti ha sentido el impulso de ¡juega, salta, muévete… y baila!, me gustaría invitarte a compartirlo conmigo y con otras mujeres.

El próximo sábado 14 de noviembre, de 10:00 a 12:30 h, nos encontraremos en Navalcarnero, para vivir juntas esta experiencia de Movimiento Vital Expresivo.

Un espacio donde vivir tu propia experiencia y descubrir… ¡qué manera de cambiar una mañana!

Con Ternura

Chus


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Publicado por chuslosada

terapeuta reiki, terapeuta psicocorporal sistema rio abierto

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